Esta edición integral reúne por primera vez las seis novelas gráficas de Los buenos veranos, completando la colección. Una auténtica joya. Por lo que esto serán como seis reseñas en una. Os hablo un poco por encima de ellas antes de pasar a mis impresiones. Cada arco está centrado en un verano y van por orden cronológico. Para ser exactos, abarcan dos décadas de esta familia.
En este arco empezamos con una especie de prólogo en donde se nos presenta a Pierre y Madeleine en la actualidad, el matrimonio protagonista, tal como son ahora; junto a su hija pequeña, se entiende que la única que aún no se ha independizado (es realmente curioso porque en este primer arco ni siquiera ha nacido).
A continuación, nos trasladamos a 1962, el primero de esos seis veranos. Aquí se nos presenta a Don Bermellón (el nombre con el que bautizan al coche, y de ahí el título de este arco), un viejo 4L con el que viajarán en todas sus aventuras, que prácticamente se convierte en un miembro más de la familia.
Tanto es así, que las vacaciones que tenían pensadas se tornan en algo bien distinto, pues ella termina encargándose de organizar otros planes.
Como primera toma de contacto, en este verano conocemos a grandes rasgos a estos personajes que irán envejeciendo y ampliando la familia con el tiempo. De momento, aquí solo están las dos hijas mayores.
En este segundo arco conoceremos al padre de Pierre, un abuelo al que se le cae la baba con sus nietos. Aunque su protagonismo será breve, pues no los acompaña en sus vacaciones.
También conoceremos al tercer hijo. Un niño tímido y curioso por naturaleza. Han pasado algunos años y sus dos hermanas ya son más mayores.
Tal es la amistad que cogen, que el viejo matrimonio les confiere un secreto: el paradero exacto de una cala perfecta que casi nadie conoce. Arena blanca y aguas cristalinas.
Cuando la encuentran, se instalan como pueden y pasan unos días de ensueño. Y de ahí el título de este segundo arco. Días soleados de pura evasión y noches mágicas.
En años sucesivos intentarán repetir la experiencia en esa cala maravillosa, pero por unas cosas o por otras les resultará imposible llegar hasta esta. De los seis arcos que reúne este integral, sin duda este es uno de mis favoritos.
En estas vacaciones, los tres hermanos están un pelín más crecidos y, para más inri, viene otro en camino, pues Madeleine está embarazada.
En un momento dado, el coche sufre una avería y se ven obligados a parar en una pequeña localidad, mientras Don Bermellón permanece en un taller cercano, a la espera de que lo arreglen. Es entonces cuando conocen a dos simpáticas mujeres que regentan una granja llamada Las Retamas (y de ahí el nombre de este arco). Muy amables, acceden a que se instalen en su terreno esos días.
En este arco tienen lugar situaciones un poco surrealistas, sobre todo provocadas por el hijo pequeño. No es de los que más me gustaron, pero igualmente tiene momentos tiernos.
Aquí ya nació la hija pequeña (la que aparece de mayor en el prólogo del primer arco, ¿recordáis?), un auténtico trasto. No para, es incombustible, jajaja. Pero también el matrimonio atraviesa una crisis, hasta el punto de que están pensando en separarse. A sus hijos no les han dicho nada aún, así que han decidido pasar juntos las vacaciones por el bien de los niños, aparcando ese tema de forma temporal.
Los niños están ajenos a todo, pero un poco perciben que algo no anda bien, pues empiezan las tiranteces y su madre está como ausente. Y a pesar de todo, intentan disfrutar de los pequeños detalles.
Pero unos días antes de agotar sus vacaciones, tienen que interrumpir sus días de desconexión porque algo sucede con el hermano de Pierre. Y la familia, como debe ser, tiene que estar ahí en las buenas y en las malas. Para mí uno de los momentos más emotivos.
Y para colmo, el niño, que ya se ha convertido en un adolescente serio y va un poco a su aire, viene a disgusto y casi obligado, pues su plan inicial era ir al concierto de Pink Floyd; al parecer una banda de rock británica que por esos días está pegando fuerte. De hecho, tiene las entradas sacadas, aunque a sus padres parece darles igual. Así que durante el viaje, en un acto de pura rebeldía, se escapa aprovechando un descuido de su familia (de ahí el título de este arco).
Sin embargo, a raíz de este incidente, el matrimonio tiene un momento revelador y deciden darle un nuevo rumbo a su vida. El final, el mensaje que lanza, lo mejor de este arco.
Y llegamos a la última aventura de los Faldérault juntos, la última escapada. Aunque con un acompañante más: la segunda hija mayor se ha echado novio (un chico bien de familia acomodada) y, lo propio a esa edad, no va a ningún sitio si no es con su amorcito. Así pues, lo incluyen en el viaje de las vacaciones. Para fastidio de sus hermanos, la joven y el novio están super empalagosos.
La novedad de este viaje es que, por fin, el matrimonio va sobre seguro, pues han comprado una parcela con los ahorros de toda una vida, una casita en el campo donde poder pasar sus vacaciones a partir de ahora. Pero, para variar, nada sale según lo previsto.
A pesar de los contratiempos, las desilusiones y los momentos de incertidumbre, esta familia tiene el don de reponerse a los problemas manteniéndose unida, y las cosas no terminan tan mal.
Da un poco de pena dejarlos atrás, sabiendo que no volveremos a saber más de ellos. Al final les acabas cogiendo cariño.
Una de las cosas que más me gustan, que más valoro, y en esto Lafebre es un maestro, es en la capacidad de plasmar el paso del tiempo. A lo largo de dos décadas, seremos testigos de cómo este matrimonio va envejeciendo, mientras sus hijos van creciendo, pasando de niños a adolescentes. Es de esas historias en las que, cuando llegas al final, es inevitable volver al principio para ver a los personajes cuando eran jóvenes.
Si estáis interesados en esta preciosidad de edición integral (creedme, económica por el precio que tiene), podéis haceros con ella a través de la página de la editorial, pinchando aquí.
























































































