Autor: Manuel Osuna
Páginas: 241
Año de edición: 2018
Género: Thriller, Drama
Opinión personal
Este libro lo leí hace ya tiempo, pero no quería dejar pasar la ocasión de traéroslo porque de veras que merece la pena. Y es que los anteriores de Manuel Osuna (Laberintos y Hollywood Boulevard) me gustaron mucho; como estos son de relatos, quería ver qué tal se movía con Asomados al vacío, su primera novela.
La historia se ambienta en los 80 y sus protagonistas son adolescentes (ya solo con estos ingredientes me atrajo mucho). Ya en las primeras páginas conocemos a Ángel, un chico triste y enfadado con el mundo, pues el mundo se porta mal con él; su mundo más cercano, al menos. Su día a día en el colegio es un infierno, y cansado de burlas y humillaciones, cada vez está más a punto de romperse, de tirar la toalla y tomar una decisión desesperada. Por más sesiones con el psiquiatra tratando de encontrar algo de serenidad, su vida no parece cambiar en absoluto. Al contrario, cada mañana en el aula, o al final de sus horas lectivas, al salir al patio, la pesadilla se recrudece hasta límites insospechados.
Y no es que Ángel sea un muchacho sumiso y callado o que se deje pisotear, más bien todo lo contrario, pues tiene su orgullo, es solo que ha tenido la desgracia de coincidir con Mario en su misma clase, uno de esos especímenes con mucha labia y poco cerebro, que disfrutan haciendo sufrir al resto. Mario, anárquico y cruel por naturaleza, el típico matón de patio que no respeta ni a los profesores, y al que su camarilla de brutos y repetidores le ríe todas las gracias. Acostumbrado a ponerle motes a cada uno de sus compañeros (bien por un rasgo físico o de personalidad), vamos conociendo a todos los alumnos de esta clase de 8º B.
Porque eso sí, personajes hay bastantes. Cosa que al principio me inquietó, pero que luego vi que eran bien reconocibles, y que Manuel Osuna los lleva a todos para adelante magníficamente sin que haya confusión o despiste. Cada uno con sus miedos, sus inquietudes y sus pasiones secretas.
En un momento dado, más adelante, conocidos ya un poco por encima los distintos personajes, llega el día de una excursión escolar que tenían programada a las ruinas de un anfiteatro romano. Los chicos acogen el evento con ganas (cualquier cosa con tal de escapar de un soporífero día de clases), y suben al autobús.
Pero algo pasa por el camino, durante el viaje, que lo cambia todo. Una intensa experiencia que jamás olvidarán... y hasta aquí puedo leer, porque no quiero chafaros la sorpresa.
Estamos ante una novela coral, intrigante y absorbente, donde cada personaje tiene su propio interés, pues entre todos conforman las aristas de esta historia. Si tuviese que quedarme con uno favorito sería Laura, la única de la clase que no se deja arrastrar por lo que opine la mayoría y mira por el bien de Ángel.
"Ángel se levantó, abrió la mesita de Miguel y le cogió la cajetilla de Fortuna. Se encendió un cigarrillo y volvió a sentarse en la cama masajeándose la frente, como si aquel gesto ayudara a aclarar sus pensamientos.
-¿Desde cuándo fumas? -se extrañó ella.
-Empiezo hoy.
-Pues no te pega nada.
-Ah, ¿no? ¿Qué pasa, que fumar es de gente guay y yo no lo soy?
-No he dicho eso. Para mí, quien necesita tener un cigarro en la mano para creerse alguien, es que no es nadie. Y tú no eres así.
-¿Pero tú de qué me conoces? -contestó antes de toser-. ¿Qué sabrás cómo soy yo, niña?
-Nos conocemos desde preescolar, cuando íbamos juntos a sacar punta a la papelera y aprovechábamos para tirarnos allí media hora hablando -mencionó Laura viejos tiempos-. ¿Te acuerdas del año que me tocó ser tu amiga invisible?
-Me regalaste un cepillo de dientes -confirmó él con reproche.
-¡Bien chulo que era, con su pasta dentífrica a juego!
-Eso no se regala. Parece que llamas guarro al que se lo das.
-Perdona, no iba con indirecta. Igual es que somos un poco susceptibles. El que se pica, ajos come... Para mí era un buen regalo, que yo tenía otro igual.
-Que sí, que vale...
Ángel volvió a dar otra calada con evidente expresión de desagrado y terminó espachurrando el cigarro contra la mesita metálica."
Leí en su día algunas reseñas donde decían que ciertos comportamientos agresivos eran algo impropios para personajes de estas edades, y quería añadir mi opinión, diciendo que no estoy nada de acuerdo. En mi época (y lo sé porque siempre he trabado amistad con el perdedor, del que los demás abusaban), por aquellos años convulsos en los que éramos todo hormonas y el sobrellevar una imagen, había auténticos cabroncetes a los que los adultos no solían prestar mucha atención, mentes sádicas que disfrutaban torturando a un animal indefenso o ridiculizando a ese chico diferente al resto. Esto del bullying solo es una palabra de ahora, la hijoputez ha existido de siempre. Así que, por mi parte, la novela retrata con brillantez ciertas conductas juveniles.
Sabéis, cuando el autor de un libro es amigo, y en este caso un muy buen amigo (nada menos que el responsable del prólogo de El niño pájaro), me asalta cierta inquietud. ¿Y si no me gusta? No quiero ser hipócrita con los que me leéis, y si un libro me deja frío os lo digo. Si, peor aún, no me ha gustado, directamente no lo reseño (flaco favor le hago al autor). Sin embargo, cuando un libro me ha encantado, como ha sido el caso de Asomados al vacío, me alegra tanto... Y al mismo tiempo me cabrea que no tenga más fama que, quizá, esos bestsellers o esas novedades de grandes editoriales que se anuncian por ahí a bombo y platillo y que no merecen ni la mitad del reconocimiento. No obstante, al poco de yo leerlo se llevó el premio a la mejor novela de 2019 de Editorial Círculo Rojo, lo cual me hizo mucha ilusión.
Al margen del dramatismo y la angustia que la novela de Manuel nos hace pasar, me resultó muy amena y refrescante, transportándome a esos años de la EGB, haciendo aflorar en mí esa nostalgia ochentera, pues el libro está cargado de referencias culturales de la época (expresiones, tacos, películas, música, libros y revistas, juegos, programas y anuncios de la tele, cosas que se hacían entonces y maneras de relacionarnos antes de que llegara el móvil, el internet y otras moderneces...). Por cierto, si no lo digo reviento, me encantó el guiño a Emilio el del videoclub (mi personaje favorito de Laberintos).
Sin duda el mejor libro del autor hasta la fecha, tanto me gustó, que estará entre mis mejores lecturas del año. Una entretenidísima novela que os beberéis a grandes tragos y que os garantizo no os dejará indiferentes.
La historia se ambienta en los 80 y sus protagonistas son adolescentes (ya solo con estos ingredientes me atrajo mucho). Ya en las primeras páginas conocemos a Ángel, un chico triste y enfadado con el mundo, pues el mundo se porta mal con él; su mundo más cercano, al menos. Su día a día en el colegio es un infierno, y cansado de burlas y humillaciones, cada vez está más a punto de romperse, de tirar la toalla y tomar una decisión desesperada. Por más sesiones con el psiquiatra tratando de encontrar algo de serenidad, su vida no parece cambiar en absoluto. Al contrario, cada mañana en el aula, o al final de sus horas lectivas, al salir al patio, la pesadilla se recrudece hasta límites insospechados.
Y no es que Ángel sea un muchacho sumiso y callado o que se deje pisotear, más bien todo lo contrario, pues tiene su orgullo, es solo que ha tenido la desgracia de coincidir con Mario en su misma clase, uno de esos especímenes con mucha labia y poco cerebro, que disfrutan haciendo sufrir al resto. Mario, anárquico y cruel por naturaleza, el típico matón de patio que no respeta ni a los profesores, y al que su camarilla de brutos y repetidores le ríe todas las gracias. Acostumbrado a ponerle motes a cada uno de sus compañeros (bien por un rasgo físico o de personalidad), vamos conociendo a todos los alumnos de esta clase de 8º B.
Porque eso sí, personajes hay bastantes. Cosa que al principio me inquietó, pero que luego vi que eran bien reconocibles, y que Manuel Osuna los lleva a todos para adelante magníficamente sin que haya confusión o despiste. Cada uno con sus miedos, sus inquietudes y sus pasiones secretas.
En un momento dado, más adelante, conocidos ya un poco por encima los distintos personajes, llega el día de una excursión escolar que tenían programada a las ruinas de un anfiteatro romano. Los chicos acogen el evento con ganas (cualquier cosa con tal de escapar de un soporífero día de clases), y suben al autobús.
Pero algo pasa por el camino, durante el viaje, que lo cambia todo. Una intensa experiencia que jamás olvidarán... y hasta aquí puedo leer, porque no quiero chafaros la sorpresa.
Estamos ante una novela coral, intrigante y absorbente, donde cada personaje tiene su propio interés, pues entre todos conforman las aristas de esta historia. Si tuviese que quedarme con uno favorito sería Laura, la única de la clase que no se deja arrastrar por lo que opine la mayoría y mira por el bien de Ángel.
"Ángel se levantó, abrió la mesita de Miguel y le cogió la cajetilla de Fortuna. Se encendió un cigarrillo y volvió a sentarse en la cama masajeándose la frente, como si aquel gesto ayudara a aclarar sus pensamientos.
-¿Desde cuándo fumas? -se extrañó ella.
-Empiezo hoy.
-Pues no te pega nada.
-Ah, ¿no? ¿Qué pasa, que fumar es de gente guay y yo no lo soy?
-No he dicho eso. Para mí, quien necesita tener un cigarro en la mano para creerse alguien, es que no es nadie. Y tú no eres así.
-¿Pero tú de qué me conoces? -contestó antes de toser-. ¿Qué sabrás cómo soy yo, niña?
-Nos conocemos desde preescolar, cuando íbamos juntos a sacar punta a la papelera y aprovechábamos para tirarnos allí media hora hablando -mencionó Laura viejos tiempos-. ¿Te acuerdas del año que me tocó ser tu amiga invisible?
-Me regalaste un cepillo de dientes -confirmó él con reproche.
-¡Bien chulo que era, con su pasta dentífrica a juego!
-Eso no se regala. Parece que llamas guarro al que se lo das.
-Perdona, no iba con indirecta. Igual es que somos un poco susceptibles. El que se pica, ajos come... Para mí era un buen regalo, que yo tenía otro igual.
-Que sí, que vale...
Ángel volvió a dar otra calada con evidente expresión de desagrado y terminó espachurrando el cigarro contra la mesita metálica."
Leí en su día algunas reseñas donde decían que ciertos comportamientos agresivos eran algo impropios para personajes de estas edades, y quería añadir mi opinión, diciendo que no estoy nada de acuerdo. En mi época (y lo sé porque siempre he trabado amistad con el perdedor, del que los demás abusaban), por aquellos años convulsos en los que éramos todo hormonas y el sobrellevar una imagen, había auténticos cabroncetes a los que los adultos no solían prestar mucha atención, mentes sádicas que disfrutaban torturando a un animal indefenso o ridiculizando a ese chico diferente al resto. Esto del bullying solo es una palabra de ahora, la hijoputez ha existido de siempre. Así que, por mi parte, la novela retrata con brillantez ciertas conductas juveniles.
Sabéis, cuando el autor de un libro es amigo, y en este caso un muy buen amigo (nada menos que el responsable del prólogo de El niño pájaro), me asalta cierta inquietud. ¿Y si no me gusta? No quiero ser hipócrita con los que me leéis, y si un libro me deja frío os lo digo. Si, peor aún, no me ha gustado, directamente no lo reseño (flaco favor le hago al autor). Sin embargo, cuando un libro me ha encantado, como ha sido el caso de Asomados al vacío, me alegra tanto... Y al mismo tiempo me cabrea que no tenga más fama que, quizá, esos bestsellers o esas novedades de grandes editoriales que se anuncian por ahí a bombo y platillo y que no merecen ni la mitad del reconocimiento. No obstante, al poco de yo leerlo se llevó el premio a la mejor novela de 2019 de Editorial Círculo Rojo, lo cual me hizo mucha ilusión.
Al margen del dramatismo y la angustia que la novela de Manuel nos hace pasar, me resultó muy amena y refrescante, transportándome a esos años de la EGB, haciendo aflorar en mí esa nostalgia ochentera, pues el libro está cargado de referencias culturales de la época (expresiones, tacos, películas, música, libros y revistas, juegos, programas y anuncios de la tele, cosas que se hacían entonces y maneras de relacionarnos antes de que llegara el móvil, el internet y otras moderneces...). Por cierto, si no lo digo reviento, me encantó el guiño a Emilio el del videoclub (mi personaje favorito de Laberintos).
Sin duda el mejor libro del autor hasta la fecha, tanto me gustó, que estará entre mis mejores lecturas del año. Una entretenidísima novela que os beberéis a grandes tragos y que os garantizo no os dejará indiferentes.












